Me siento a escribir porque que las palabras me salvan, van siendo el mejor o el único recurso para no asfixiarme entre tanto aire y tan pocas ganas de respirar. Hoy me siento olvidada, casi inerte e insignificante entre tanta gente que tiene su vida y todas las consecuencias que nos proporciona el hecho de vivirla. Tengo una sensación de vacío existencial y ganas de salir corriendo hacia alguna otra realidad más satisfactoria y soportable. Tendría, de una buena vez por todas, que ponerme de pie en mis zapatos de mujer y salir a gritar lo que me está quemando la garganta, pero una vez más me siento diminuta, como si todo lo que tuviera para decir se convirtiera en un silencio letal, como si mi cuerpo y mi mente no se comunicaran, como si fuera imposible abrir la boca y empezar a hablar, como si fuera muda.
Me resulta increíble no poder hablar después de leer tantos libros, pero hablar nunca fue lo mismo que leer, hablar nunca fue lo mismo que escribir y menos que menos, nunca fue lo mismo que pensar. En mi cabeza ensayo una y otra vez la escena en la cual digo todo lo que siento y me pongo totalmente en evidencia, pero de nada sirve porque tengo una imaginación que maquilla muy bien las palabras del resto y me dice siempre lo que quiero escuchar. Entonces es ahí donde entro a desesperar, donde me quema todo lo que tengo para decir….
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