Podían encontrarse, si podían, tenían que cruzar unas calles y llegar a la misma esquina de siempre donde se cruzaban y se miraban sin saber quien era quien. Lo sucesivo de todos los días, los hacia tomar el colectivo y bajar en la misma parada donde se separaban y cada cual seguía su camino, luego se volvían a cruzar, pero ya el cansancio les cegaba los costados y solo observaban cada cual sus pies al caminar.
Las tareas diarias de la rutina, el olor del invierno y el ruido del viento frío que soplaba constantemente eran testigos de las veces que no se vieron y de los tantos momentos en los que uno estaba pero faltaba el otro.
Que desesperante era saber que eran uno la mitad del otro pero no poder decir nada, ver desde el futuro un presente en el cual no se puede influir, haría falta pegarles dos cachetadas para que no tuvieran que pasar por todo lo que yo pase para darme cuenta de que no se hicieron las cosas bien…
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